martes, 15 de abril de 2014

Leamos hoy Isaías 47

Leamos hoy



 Isaías 47


La Maldad que engaña


"Porque te confiaste en tu maldad, diciendo: Nadie me ve. Tu sabiduría y tu misma ciencia te engañaron, y dijiste en tu corazón: Yo, y nadie más." Is 47:10

Camuflaje y falsificaciones

La Biblia dice: “La serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho” (Génesis 3:1). Las serpientes son las máximas expertas en camuflaje. Ya sea ocultándose en el pasto o enrollándose en las ramas de un árbol, son maestras en confundirse con el escenario circundante a fin de no ser detectadas.
Más que eso, también son expertas en imitar a criaturas que son más peligrosas. Por ejemplo, cuando es amenazada, la inofensiva serpiente toro vibrará su cola en las hojas secas para imitar el sonido de su prima venenosa, la serpiente cascabel.
Para cada creación buena de Dios, aun el amor, Satanás tiene una falsificación convincente. Por ejemplo, en la historia del Éxodo, los magos de Faraón pudieron falsificar frecuentemente el poder y los milagros de Dios (Éx 7:10-12). De la misma manera, Satanás es más peligroso y efectivo cuando está imitando los milagros y los mensajeros de Dios. La Escritura advierte en cuanto a “espíritus de demonios, que hacen señales” (Ap 16:14).

Lo que complica el trabajo de Dios es la propensión de Satanás a engañar. A diferencia de Dios, que trabaja solo dentro de los confines de la verdad y el respeto, Satanás cocinará un guiso de verdad y mentiras en cualquier combinación que funcione mejor para destruir las vidas de aquellos a quienes busca manipular.
Esto es especialmente alarmante para la iglesia de Dios, porque el diablo parece ser más letal cuando se disfraza como un ser espiritual que trabaja dentro de la iglesia. Jesús advirtió:

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (S. Mateo 7:15). Satanás conoce la Biblia cabalmente y cita al instante pasajes de ella en forma correcta y en forma equivocada para lograr sus fines (ver, por ejemplo, San Mateo 4).

La espada y la serpiente

Puesto que Satanás usa aun la Biblia en sus intentos para entramparnos, obviamente, nuestra única protección radica en conocer la Palabra de Dios, en atesorar sus verdades en lo profundo de nuestra mente. David dijo: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119:11). El Nuevo Testamento dice: “La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos” (Hebreos 4:12). Jesús usó esta espada para pelear contra el diablo cuando fue tentado en el desierto, y todavía se la necesita hoy y está a nuestra disposición.
Satanás formuló la primera pregunta que encontramos en la Escritura. La hizo en un intento de desacreditar la Palabra de Dios: “¿Conque Dios os ha dicho…?” (Gn 3:1). Desde esa primera pregunta insidiosa hasta el presente, Satanás siempre ha estado tratando de minar la fe de los hijos de Dios arrojando sospechas sobre la Palabra de Dios. El pecado, el sufrimiento y la muerte entraron en el mundo cuando Satanás tuvo éxito en inducir a nuestros primeros padres a dudar de la verdad de Dios y no creer en ella. La táctica de guerra primordial del diablo sigue siendo plantar semillas de escepticismo respecto a la confiabilidad de la Escritura.
Esto es exactamente lo que Jesús enfrentó cuando, hambriento y tentado, combatió contra el archienemigo en el desierto. Pero él desvió cada asalto con la Escritura. Se vistió “de toda la armadura de Dios”, y por lo tanto pudo “estar [firme]… contra las asechanzas del diablo”(Ef 6:11). 

Pablo continúa este pensamiento aconsejando a tomar “la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (vers. 17).
Ciertamente, la serpiente tiembla cuando el pueblo de Dios empuña la espada viviente de la Palabra divina y la dirige contra ella. Los hijos de Dios reciben la victoria cuando claman y creen en las promesas poderosas de la Palabra, “para que por ellas lleguemos a participar de la naturaleza divina, y nos libremos de la corrupción que está en el mundo por causa de los malos deseos” (2 Pe 1:4, NRV 2000).

No es sabio jugar con las serpientes

Un joven en Orlando, Florida, casi fue muerto por su propia anaconda que tenía en su casa.
Había tenido la serpiente durante muchos años y siempre se había sentido tranquilo permitiendo que la criatura se enrollase alrededor de sus brazos y cuello. De alguna manera, sin embargo, no había notado que lo que en un tiempo había sido una novedad manejable de 1,80 m de largo se había convertido en un monstruo de casi cinco metros.
Cierto día, mientras este joven estaba demostrando a sus amigos la confianza que tenía en su animal doméstico, la serpiente constrictora comenzó a apretar su cuello y su pecho.
Después de una lucha desesperada, los amigos del hombre y su madre provista de un cuchillo pudieron forzar a la criatura a soltar su presa. El joven apenas sobrevivió.
Algunas personas se han convencido a sí mismas que es seguro comunicarse con Satanás o aun debatir con el diablo. Sin embargo, la suerte de Eva cuando cayó en las manos del enemigo ilustra muy bien que ése es un gran error. Nunca deberíamos jugar con la tentación; aun el “más pequeño” de los pecados puede ser mortal.
Cuando dependemos de nuestra propia sabiduría, en absoluto podemos hacerle frente al genio maligno de la gran serpiente. Pero mediante Cristo, podemos pisotear la cabeza de esta serpiente siniestra. Jesús estaba hablando de este poder sobre el maligno cuando dijo: “Estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre… tomarán en las manos serpientes” (Mr 16:17, 18).
Algunos pastores engañados han interpretado este pasaje para significar que los cristianos debieran actuar como encantadores de serpientes, que debieran probar su fe manipulando serpientes cascabeles u otras serpientes venenosas. Por razones obvias, la feligresía en esas congregaciones siempre ha permanecido pequeña. El relato del Nuevo Testamento del naufragio de Pablo revela cómo entender este pasaje correctamente: “Los nativos nos trataron con singular humanidad. Encendieron un fuego, a causa de la lluvia que caía y del frío, y nos recibieron a todos. Cuando Pablo juntaba algunas ramas secas, para echarlas al fuego, una víbora, huyendo del calor, se prendió de su mano. Cuando los nativos vieron la víbora colgada de su mano, decían unos a otros: ‘Este hombre de cierto es homicida. Escapó del mar, pero la justicia no le deja vivir’. Pero él sacudió la víbora en el fuego, y ningún mal padeció. Ellos esperaban verlo hincharse, o caer muerto de repente. Pero habiendo esperado mucho, y viendo que ningún mal le venía, cambiaron de parecer, y dijeron que era un dios” (Hch 28:1- 6, NRV 2000).

Como Dios salvó a Pablo del veneno de esa serpiente, nos salvará a nosotros del veneno del pecado. “Aplastarás al león y a la víbora; ¡hollarás fieras y serpientes!” (Salmo 91:13, NVI). Sin embargo, nunca debemos buscar deliberadamente las serpientes para coquetear con el desastre. Eso sería tentar al Señor (ver Mt 4:7).

Dolor que libera

Lo que más duele es descubrir que siempre viviste engañado. Descubrir la verdad duele, sin embargo, libera.

A diferencia del enemigo, Dios siempre prefiere decirte la verdad que sedarte con el engaño.

"Pero nuestro Señor no nos engaña. No nos dice: “No temáis; no hay peligro en vuestra senda”. Sabe que hay pruebas y peligros, y no trata de ocultarlos. No se propone sacar a su pueblo de un mundo de pecado y maldad, pero les señala un refugio seguro..."(A fin de Conocerle,274)

Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.

Querido Dios:

Líbrame de mi maldad
Líbrame de pensar que nadie me ve
Líbrame de confiar en mi propia sabiduría y entendimiento
Líbrame de mi egoísmo
Hazme conocer tu verdad
Aunque duela
Quiero ser libre.
Amén








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