Isaías 56
Un anhelo ardiente y una reforma urgente
"Así dice el Señor: Observen el derecho y practiquen la justicia,
porque mi salvación está por llegar; mi justicia va a manifestarse.
Dichoso el que así actúa, y se mantiene firme en sus convicciones;
el que observa el sábado sin profanarlo, y se cuida de hacer lo malo." Isaías 56:1,2
"La idea central del capítulo 56 es la conversión de los gentiles. En contraste con esta brillante perspectiva, se traza el sombrío cuadro de Israel, que no está dispuesto a recibirlos. Es necesario que se realice una obra de reforma antes de que Dios pueda incorporar a su pueblo a los que están "alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa" (Ef 2:12)
Esta obra ha de centrarse en el restablecimiento de la observancia fiel del sábado. EL mensaje de este capítulo es importante y significativo para la iglesia de la actualidad." (4 CBA, 337)
La religión no es mera teoría, es intensamente práctica. El pueblo de Dios debe mantener la ortodoxia, tanto en su conducta como en su doctrina, para que Dios pueda obrar por medio de los suyos a fin de lograr la conversión de otros.
Si Israel hubiera cooperado plenamente con los requerimientos divinos, las gloriosas promesas de Dios no se habrían hecho esperar. Lo mismo ocurre en la iglesia de hoy.
La salvación se habría manifestado en el cumplimiento de las gloriosas promesas de hacer de Israel un poderoso instrumento en las manos de Dios para la conversión del mundo porque su propósito era que el evangelio no fuese sólo para los judíos, sino para todos los hombres.
Isaías 56 es un llamado universal a la adoración sabática, un anhelo ardiente del Señor para entrar en su templo; un templo en el tiempo, llamado sábado, que es una bendición para todos los pueblos.
1. Un anhelo ardiente
Era tan importante que los gentiles convertidos observaran fielmente el sábado como era que lo hicieran los judíos. La genuina observancia del sábado demuestra que los hombres reconocen a Dios como su Creador y Redentor y que están dispuestos a rendirle obediencia plena en todas las cosas. Para los gentiles era tan esencial que reconozcan estos principios como lo fue para los judíos. Dios creó a ambos. Ha hecho posible la salvación a ambos y tiene derecho de exigir de los dos una obediencia leal. Además, los principios implicados en la relación del hombre con su Creador y Redentor no han variado en la era cristiana con respecto a cómo lo eran en la dispensación judía y la observancia del sábado no es menos hoy de lo que fue entonces.
"La observancia del sábado entraña grandes bendiciones, y Dios desea que el sábado sea para nosotros un día de gozo. La institución del sábado fue hecha con gozo. Dios miró con satisfacción la obra de sus manos. Declaró que todo lo que había hecho era “bueno en gran manera”. Génesis 1:31. El cielo y la tierra se llenaron de regocijo. “Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios”. Job 38:7. Aunque el pecado entró en el mundo para mancillar su obra perfecta, Dios sigue dándonos el sábado como testimonio de que un Ser omnipotente, infinito en bondad y misericordia, creó todas las cosas. Nuestro Padre celestial desea, por medio de la observancia del sábado, conservar entre los hombres el conocimiento de sí mismo. Desea que el sábado dirija nuestra mente a él como el verdadero Dios viviente, y que por conocerle tengamos vida y paz.
Cuando el Señor liberó a su pueblo Israel de Egipto le confió su ley, le enseñó que por la observancia del sábado debía distinguirse de los idólatras. Así se crearía una distinción entre los que reconocían la soberanía de Dios y los que se negaban a aceptarle como su Creador y Rey. “Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel”, dijo el Señor. “Guardarán, pues, el día de reposo los hijos de Israel, celebrándolo por sus generaciones por pacto perpetuo”. Éxodo 31:17, 16.
Así como el sábado fue la señal que distinguía a Israel cuando salió de Egipto para entrar en la Canaán terrenal, así también es la señal que ahora distingue al pueblo de Dios cuando sale del mundo para entrar en el reposo celestial. El sábado es una señal de la relación que existe entre Dios y su pueblo, una señal de que éste honra la ley de su Creador. Hace distinción entre los súbditos leales y los transgresores.
Desde la columna de nube, Cristo declaró acerca del sábado: “En verdad vosotros guardaréis mis días de reposo: porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico”. Éxodo 31:13. El sábado que fue dado al mundo como señal de que Dios es el Creador, es también la señal de que es el Santificador. El poder que creó todas las cosas es el poder que vuelve a crear el alma a su semejanza. Para quienes lo santifican, el sábado es una señal de santificación. La verdadera santificación es armonía con Dios, unidad con él en carácter. Se recibe obedeciendo los principios que son el trasunto de su carácter. Y el sábado es la señal de obediencia. El que obedece de corazón el cuarto mandamiento, obedecerá toda la ley. Queda santificado por la obediencia.
A nosotros como a Israel nos es dado el sábado “por pacto perpetuo”. Para los que reverencian el santo día, el sábado es una señal de que Dios los reconoce como su pueblo escogido. Es una garantía de que cumplirá su pacto en su favor. Cada alma que acepta la señal del gobierno de Dios se coloca bajo el pacto divino y eterno. Se vincula con la cadena áurea de la obediencia, de la cual cada eslabón es una promesa. (Consejos para la Iglesia, 471)
Cuando el Señor liberó a su pueblo Israel de Egipto le confió su ley, le enseñó que por la observancia del sábado debía distinguirse de los idólatras. Así se crearía una distinción entre los que reconocían la soberanía de Dios y los que se negaban a aceptarle como su Creador y Rey. “Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel”, dijo el Señor. “Guardarán, pues, el día de reposo los hijos de Israel, celebrándolo por sus generaciones por pacto perpetuo”. Éxodo 31:17, 16.
Así como el sábado fue la señal que distinguía a Israel cuando salió de Egipto para entrar en la Canaán terrenal, así también es la señal que ahora distingue al pueblo de Dios cuando sale del mundo para entrar en el reposo celestial. El sábado es una señal de la relación que existe entre Dios y su pueblo, una señal de que éste honra la ley de su Creador. Hace distinción entre los súbditos leales y los transgresores.
Desde la columna de nube, Cristo declaró acerca del sábado: “En verdad vosotros guardaréis mis días de reposo: porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico”. Éxodo 31:13. El sábado que fue dado al mundo como señal de que Dios es el Creador, es también la señal de que es el Santificador. El poder que creó todas las cosas es el poder que vuelve a crear el alma a su semejanza. Para quienes lo santifican, el sábado es una señal de santificación. La verdadera santificación es armonía con Dios, unidad con él en carácter. Se recibe obedeciendo los principios que son el trasunto de su carácter. Y el sábado es la señal de obediencia. El que obedece de corazón el cuarto mandamiento, obedecerá toda la ley. Queda santificado por la obediencia.
A nosotros como a Israel nos es dado el sábado “por pacto perpetuo”. Para los que reverencian el santo día, el sábado es una señal de que Dios los reconoce como su pueblo escogido. Es una garantía de que cumplirá su pacto en su favor. Cada alma que acepta la señal del gobierno de Dios se coloca bajo el pacto divino y eterno. Se vincula con la cadena áurea de la obediencia, de la cual cada eslabón es una promesa. (Consejos para la Iglesia, 471)
2 Promesas para quienes se deleitan en guardar el sábado:
"Yo les daré lugar en mi casa
y dentro de mis muros,
y nombre mejor que el de hijos e hijas;
nombre perpetuo les daré,
que nunca perecerá" Isaías 56:5
"Yo los llevaré a mi monte santo;
¡los llenaré de alegría en mi casa de oración!
Aceptaré los holocaustos y sacrificios
que ofrezcan sobre mi altar,
porque mi casa será llamada
casa de oración para todos los pueblos." Isaías 56: 7
"Muchos pastores han destruido mi viña,
han pisoteado mi terreno;
han hecho de mi hermosa parcela
un desierto desolado.
"Yo los llevaré a mi monte santo;
¡los llenaré de alegría en mi casa de oración!
Aceptaré los holocaustos y sacrificios
que ofrezcan sobre mi altar,
porque mi casa será llamada
casa de oración para todos los pueblos." Isaías 56: 7
2. Una reforma urgente
Dios deseaba que el templo fuera una casa de oración, pero los judíos lo habían convertido en cueva de ladrones, si Israel hubiera sido fiel, habrían venido a Jerusalén gentes de todas las naciones para adorar a Dios pero, debido a sus transgresiones, los judíos finalmente, fueron rechazados y el templo fue destruido. Las bendiciones que podrían haber sido suyas fueron dadas a los gentiles.
En contraste con las felices consecuencias de la obediencia, Isaías describe en los versículos 9-12 la triste condición espiritual de los dirigentes y del pueblo y de sus resultados.
Los dirigentes, quienes tenían la responsabilidad de instruir a otros eran ciegos e incapaces de discernir el peligro que amenazaba, eran desconocedores de los caminos de Dios. Los dirigentes de Israel no tenían ni siquiera la inteligencia de un perro guardián. Seguían durmiendo a pesar del peligro que se aproximaba, sin siquiera dar la voz de alerta.
En vez de buscar el bienestar del rebaño que había sido encomendado a su cuidado, los dirigentes de Israel eran como perros que comían las ovejas que debían proteger.
han pisoteado mi terreno;
han hecho de mi hermosa parcela
un desierto desolado.
La han dejado en ruinas,
seca y desolada ante mis ojos;
todo el país ha sido arrasado
porque a nadie le importa." (Jr 12:10,11)
"Tan cierto como que yo vivo —afirma el Señor omnipotente—,
seca y desolada ante mis ojos;
todo el país ha sido arrasado
porque a nadie le importa." (Jr 12:10,11)
"Tan cierto como que yo vivo —afirma el Señor omnipotente—,
que por falta de pastor mis ovejas han sido objeto del pillaje
y han estado a merced de las fieras salvajes.
Mis pastores no se ocupan de mis ovejas; cuidan de sí mismos pero no de mis ovejas." (Ez. 34:9,10)
Una terrible responsabilidad descansa sobre nosotros, quienes pastoreamos el pueblo de Dios y nos interesamos solo en nosotros mismos. Dios nos tendrá por responsables de la dolorosa pérdida del rebaño.
Los líderes de Israel actuaban como si el tiempo fuera a durar indefinidamente como si el juicio no estuviera cercano.
Es necesaria una reforma urgente dentro del sagrado ministerio.
Esta es la clase de obreros que se necesitan en la causa de Dios hoy. Los que son autosuficientes, los celosos y envidiosos, los que critican y encuentran faltas en los demás no hacen falta en su obra sagrada. No deben ser tolerados en el ministerio, aunque aparentemente hayan logrado ser de alguna utilidad. Dios no carece ni de hombres ni de medios. El llama a obreros que son fieles y verdaderos, puros y santos; a aquellos que sienten la necesidad de la sangre expiatoria de Cristo y la gracia santificadora de su Espíritu.
Mis hermanos, a Dios le duelen vuestra envidia, vuestros celos, vuestra amargura y disensión. En todas estas cosas le estáis rindiendo obediencia a Satanás y no a Cristo. Cuando vemos hombres que son firmes en sus principios, intrépidos en el cumplimiento del deber, celosos en la causa de Dios y, sin embargo, humildes, mansos y tiernos, pacientes para con todos, perdonadores, que manifiestan el amor por las almas por las cuales Cristo murió, no es necesario que preguntemos: ¿Son ellos cristianos? Demuestran de una manera inconfundible que han estado con Jesús y han aprendido de él. Cuando los hombres manifiestan los rasgos opuestos, cuando son orgullosos, vanidosos, frívolos, amadores del mundo, avaros, no bondadosos, censuradores, no es necesario que se nos diga con quién se han estado asociando, quién es su amigo más íntimo. Puede ser que no crean en la hechicería; no obstante, tienen comunión con un espíritu maligno.
A éstos yo diría: “Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de la justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz”.Santiago 3:17, 18.
Cuando los fariseos y saduceos acudieron al bautismo de Juan, aquel intrépido pregonero de la justicia los increpó: “¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento”. Juan 3:7, 8. Al venir enbusca de Juan, estos hombres fueron inducidos por motivos indignos. Eran hombres de principios malsanos y comportamiento corrupto; sin embargo, no estaban conscientes de su verdadera condición. Llenos de orgullo y ambición, no escatimaban esfuerzo alguno por exaltarse a sí mismos y afianzar su influencia sobre el pueblo. Vinieron para recibir el bautismo por manos de Juan para poder cumplir sus propósitos con más facilidad.
Juan leyó sus motivos, y los recibió con la escudriñadora pregunta: “¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” Si hubieran escuchado la voz de Dios que hablaba a sus corazones, lo hubiesen demostrado llevando frutos dignos de arrepentimiento. Los tales frutos no se vieron. Habían escuchado la amonestación como si fuera la voz de un mero hombre. Se vieron atraídos por el poder y la valentía con que hablaba Juan, pero el Espíritu de Dios no envió la convicción a sus corazones ni produjo en ellos fruto para vida eterna como muestra segura. No demostraban haber cambiado de corazón. Juan hubiera querido que entendiesen que sin el poder transformador del Espíritu Santo, ninguna ceremonia externa podría beneficiarles.
La reprensión del profeta se aplica a muchos en nuestros días. No pueden negar los claros y convincentes argumentos que sostienen la verdad, pero la aceptan más como el resultado del razonamiento humano y no de la revelación divina. No están verdaderamente conscientes de su condición como pecadores ni manifiestan un verdadero quebrantamiento de corazón; pero, como los fariseos, consideran que aceptar la verdad es para ellos un acto de gran condescendencia.
Nadie está más lejos del reino de los cielos que los formalistas que se justifican a sí mismos, llenos de orgullo por lo que han logrado, mientras que están completamente vacíos del Espíritu de Cristo; mientras la envidia, los celos, el amor por el halago y la popularidad los controlan. Pertenecen a la misma clase a la cual Juan llamó generación de víboras, hijos del maligno. Entre nosotros se encuentra este tipo de persona, invisible e insospechado. Sirven a la causa de Satanás de manera más eficaz que el libertino más vil; porque éste no disfraza su verdadero carácter, sino demuestra lo que es.
Dios requiere que rindamos fruto digno de arrepentimiento. Sin tal fruto, nuestra profesión de fe no tiene valor. El Señor es capaz de levantar verdaderos creyentes entre los que nunca han oído su nombre. “No penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras”. Mateo 3:9.
Dios no depende de hombres que no están convertidos de corazón y vida. Nunca favorecerá a un hombre que práctica la iniquidad. “Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego”. Mateo 3:10.
Aquellos que alaban y lisonjean al ministro, además de descuidar las obras de justicia, dan evidencia inconfundible de estar convertidos al ministro y no a Dios. Preguntamos: “¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” Mateo 3:7; Lucas 3:7. En el mensaje que Dios envió, ¿escuchasteis la voz del Espíritu Santo o una mera voz de hombre? La clase de fruto dará evidencia de la naturaleza del árbol.
El formalismo exterior no es capaz de purificarnos; ninguna ordenanza, administrada por los hombres más santos, puede tomar el lugar del bautismo del Espíritu Santo. El hará esta obra en el corazón. Todos los que no han experimentado su poder regenerador, son como tamo entre el trigo. El Señor tiene su aventador en la mano y limpiará bien su era. En el día venidero, él hará diferencia “entre el que sirve a Dios y el que no lo sirve”.
El Espíritu de Cristo se manifestará en todos aquellos que han nacido de Dios. La disensión y la contienda no pueden surgir entre los que son controlados por su Espíritu. “Purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová”. Isaías 52:11. La iglesia raras veces perseguirá una norma más elevada que la que han establecido sus ministros. Necesitamos un ministerio convertido y un pueblo convertido. Los pastores que cuidan de las almas como quienes han de dar cuenta conducirán al rebaño por los senderos de paz y santidad. Su éxito en esta obra será proporcional a su propio crecimiento en gracia y en el conocimiento de la verdad. Cuando los maestros están santificados en espíritu, alma y cuerpo, pueden inculcarle al pueblo la importancia de dicha santificación." (5 TI, 208)
Es necesario realizar una gran obra de reforma centrada en el restablecimiento de la observancia fiel del sábado. Dios anhela que, su casa sea una casa de oración para todos los pueblos mediante la observancia del día sábado. Y usted y yo, quienes tenemos la sagrada responsabilidad de dirigir su pueblo, debemos ser referencia en obediencia, testimonio, fervor, actitud, bondad y fe, conduciendo a sus hijos en la senda de la verdad y la humildad.
Estoy cuidando de no profanar el día de reposo?
Qué reformas deben comenzar hoy en mi vida?
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