domingo, 30 de marzo de 2014

El día que mi reino acabó

Un rey sin corona

Ser rey ha resultado ser más complicado de lo que me imaginaba. Quizás fuera más fácil si llevara corona, pero debo admitir que no me gustan las ostentaciones. Además. ¿Tienen idea cuánto pesan esas cosas? Mis consejeros me dicen que me relaje y me siente en mi trono, como todo buen rey lo hizo en su tiempo, sin embargo, a mi no me agrada mucho la idea, prefiero caminar y recorrer mi reino. Cuando me dispongo a salir viene la aya de mi niñez con un closet entero sobre sus hombros. Yo me rehúso a usar toda aquella parafernalia de oro y plata…quizás por eso que no me reconocen, un rey exento de riquezas, oro, joyas, coronas, no encaja exactamente con el perfil de monarca que tiene la mayoría.

Ya me ha sucedido varias veces que al volver a mi casa, luego de caminar, me encuentro con una muchedumbre de gente amontonada alrededor de mi puerta. Pasaba horas sin siquiera poder llegar al frontis principal asique gastaba el tiempo en conversar con la gente, pero no muchos me ponían atención… me da vergüenza admitirlo pero en más de una ocasión me confundieron con un indigente y me lanzaron una moneda. Tanto extraña la gente un verdadero rey que lo ha empezado a buscar en modelos, futbolistas, reggaetoneros, figuras televisivas, bueno, personas “inalcanzables”. Un día, turbado de todos estos pensamientos le pregunté a una señora que alzaba la vista sobre la verja de mi casa que estaban haciendo todos allí amontonados, y ella sorprendida me dijo: “¿Es que no lo sabes?, Este es el hogar de dios”, algo insultado le respondí que ya lo sabía, pero pareció no escucharme. “Ves esa ventana” y apuntó a la sala del trono “A veces Dios se asoma y nos saluda. ¿No es eso digno de esperar?”. Con nuevos ojos miré a la multitud... le dije a la señora que aquello no era necesario, que yo era Dios. Ella me miró de arriba abajo y poso su mano donde debería haber estado mi corona. “Por supuesto querido, todos en parte lo somos”. Ese día me quede un buen rato con la señora, ambos atentos a la diminuta ventana.

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