domingo, 9 de marzo de 2014

Leamos hoy Isaías 13

Leamos hoy


 Isaías 13


Se vende casa en Babilonia

"Y Babilonia, hermosura de reinos, gloria y orgullo de los caldeos, será como Sodoma y Gomorra, a las que trastornó Dios. Nunca más será habitada, ni se morará en ella de generación en generación; no levantará allí su tienda el árabe ni los pastores tendrán allí su majada, sino que dormirán allí las fieras del desierto y sus casas se llenarán de hurones;  allí habitarán los avestruces y allí saltarán las cabras salvajes. En sus palacios aullarán las hienas y los chacales en sus casas de deleite. Su tiempo está a punto de llegar; no se prolongarán sus días." Isaías 13:19-22

Isaías vivió en un mundo convulsionado.

Tanto para Judá como para Israel fue un tiempo de peligro y crisis. El pueblo de Dios había caído en muy graves pecados. En tiempo de Azarías (Uzías) de Judá y Jeroboam II de Israel ambas naciones habían llegado a ser fuertes y prósperas. Pero la prosperidad material había producido decadencia espiritual. El pueblo dejó a Dios y sus caminos de justicia. Las condiciones morales y sociales eran muy parecidas en las dos naciones. Por doquier se cometían injusticias en los tribunales, porque los magistrados aceptaban cohechos, y los gobernantes se dedicaban principalmente a los placeres y a lograr ganancias personales. Predominaban la codicia, la avaricia y el vicio. Mientras los ricos se enriquecían más, los pobres más se empobrecían y muchos caían en tal pobreza que quedaban reducidos a la esclavitud. Las condiciones sociales y morales de ese tiempo son descritas gráficamente por Isaías y sus contemporáneos, Miqueas, Amós y Oseas.

Muchos abandonaron el culto de Jehová, y siguieron a los dioses paganos. Otros mantenían las formas exteriores de la religión, pero no conocían su poder y significado verdaderos.

Isaías advirtió al pueblo que tales condiciones no podrían perdurar por mucho tiempo. Jehová abandonaría a su pueblo que, aunque profesaba seguir la justicia, más bien seguía la impiedad. El profeta tuvo una visión de la santidad de Dios y de la angustiosa necesidad de la nación de llegar a conocer al Señor y sus caminos de justicia, rectitud y amor. Vio a Dios sentado sobre un trono, excelso y supremo, y sin embargo profundamente interesado en los asuntos de la tierra, llamando a los hombres al arrepentimiento, siempre listo a perdonar pero obligado por su propio carácter justo a castigar a los que persistían en seguir sus caminos de impiedad. Isaías llamó la atención al hecho de que los caminos de justicia son caminos de vida, paz y prosperidad, pero que los caminos de maldad están llenos de dificultades y dolores.

Procuró enseñar al pueblo el verdadero significado de la religión y la verdadera naturaleza de Dios. Exhortaba para que hubiera un mundo mejor y más puro. La nación fue advertida de que si continuaba en sus caminos de impiedad, pronto sería destruida. Dios emplearía a los asirios como su instrumento para ejecutar justicia 132 sobre una nación hipócrita que daba decretos injustos, rehusaba hacer justicia a los pobres, los privaba de sus derechos, perjudicaba a las viudas, y robaba a los huérfanos. Para los tales, Isaías aclaró que el día de la visitación y desolación vendría segura y prestamente.

Isaías aseveró que el mundo entero era gobernado por un Dios, un Dios que exigía justicia, no sólo de parte de los hebreos, sino también de todas las naciones de la tierra, y que juzgaría a todos los pueblos que persistiesen en sus caminos de impiedad. Los juicios del Señor caerían sobre Asiria y Babilonia, sobre Filistea y Egipto, sobre Moab, Siria y Tiro. Finalmente, toda la tierra sería completamente arruinada como resultado de su iniquidad. Sólo Dios sería ensalzado, y su pueblo le rendiría culto en un mundo nuevo de gozo y paz perfectos.

Isaías fue tanto estadista como profeta. Amaba profundamente a su nación y hablaba con valor y convicción contra cualquier proceder que no estuviera en armonía con el interés nacional. Vio la fatuidad de apoyarse en Egipto para conseguir ayuda, y llamó la atención de los gobernantes de Judá al hecho de que el consejo de sus sabios sería confundido, y que Egipto mismo sería dividido, pues una ciudad lucharía contra otra, y cada hombre pelearía contra su vecino.

Aconsejó contra la necedad de confiar en alianzas terrenales para ser fuertes. Subrayó el hecho de que el consejo de los hombres se desvanecería, y sólo los que depositaran su confianza en Dios prevalecerían al fin. El pueblo de Dios sería fuerte si contaba con la presencia del Señor. Pero fue rechazada la oferta de la misericordia y la protección divinas.

A pesar de la ruina inminente, Isaías se refería de continuo a un remanente que sería fiel al Señor y, por consiguiente, sería salvo. Con la excepción de ese remanente, el profeso pueblo del Señor sería destruido totalmente, como Sodoma y Gomorra. Sin embargo, el remanente pondría su confianza en el Santo de Israel.

No fue Dios mismo quien destruyó a Israel, sino que él le retiró su protección, y permitió que entraran los enemigos externos: en ese momento Asiria, y después Babilonia y Roma, para que se cumpliera la voluntad divina (ver com. 2 Crón. 18: 18; 22: 8). Más tarde Isaías dice que el Señor haría de Asiria "vara y báculo" de su "furor" y de su "ira" para castigar a Israel (cap. 10: 5-7).

La destrucción del pecador no es, como piensan algunos, un acto arbitrario de Dios. El Eterno ama a los pecadores y procura salvarlos (Eze. 18: 23, 31-32; 2 Ped. 3: 9). Es el pecado lo que finalmente destruye al pecador. Quienes andan en los caminos de iniquidad finalmente se vuelven tan corruptos, tan crueles, tan irrazonables, que las medidas que usan para destruir a quienes los rodean los sumergen a ellos mismos en una suerte común. "El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada" (Gén. 9: 6). "Todos los que tomen espada, a espada perecerán" (Mat. 26: 52; cf. Apoc. 13: 10). La historia ha demostrado la veracidad de estas declaraciones. Babilonia empuñó la espada, y pereció por ella. Lo mismo ocurrió con los hititas, Asiria, Grecia y Roma. Un día este principio sellará el destino del mundo pecaminoso.
Aunque, en tiempos de Isaías, Babilonia era un reino vasallo del imperio asirio, estaba comenzando a recuperar el poder que había perdido, y un siglo después sería de nuevo la nación principal del Asia occidental. En 729/728 Tiglat-pileser III de Asiria se convirtió en rey de Babilonia y adoptó el nombre de Pul. En 709 Sargón llegó a ser rey de Babilonia. Durante los reinados de Sargón y Senaquerib, Merodac-baladán de Babilonia se constituyó en una seria amenaza para el poder asirio. Repetidas veces fue expulsado de Babilonia, pero siempre volvía. Fue Merodac-baladán quien procuró hacer alianza con Ezequías para ayudarle en su lucha contra Asiria. Enfurecido Senaquerib, por las frecuentes rebeliones de Babilonia, destruyó la ciudad en el año de 689, pero fue reconstruida a fines de ese mismo siglo.

Dios estaba a punto de dar la señal para la destrucción de Babilonia. El dirigió de tal manera los asuntos de las naciones, que un Estado tras otro se levantó contra la arrogante e impía ciudad, hasta que finalmente fue totalmente destruida. Una bandera colocada sobre un monte sería vista claramente; esto constituiría la señal divina de la destrucción de Babilonia.  Compárese con Jer. 50: 9-10, 14, 29-31; Eze. 38: 14-16; Joel 3: 1-2, 9-17; Sof. 3: 8; Zac. 14: 2-3; Apoc. 16: 13-14; 17: 14, 17; 19: 11-21. Se pasa revista a las tropas que han de luchar contra Babilonia. Debe recordarse que el título del capítulo 13 es "Profecía sobre Babilonia" (vers. 1), y que todo el capítulo es una predicción literal de la caída y de la desolación de la Babilonia que entonces existía, como símbolo de la caída de la Babilonia simbólica tal como lo presentan algunos escritores del NT (Apoc. 14: 8; 17: 16; 18: 4; 19: 2). Por lo tanto, la descripción que aquí se presenta de la caída de la Babilonia literal puede también considerarse como apropia da para la caída de la Babilonia simbólica, con todos los detalles que la Inspiración ha aplicado a la caída de la Babilonia mística o simbólica.

El pecado no produce vista y prosperidad, sino desolación, ruina y muerte. El pecado devastó a Asiria y a Babilonia, que una vez fueran naciones prósperas; destruyó a muchas de las mayores ciudades de la tierra y finalmente causará la asolación de todo el mundo. Esta profecía, que originalmente fue una descripción de la caída de la Babilonia literal, es aplicada por los escritores del NT a la destrucción de la Babilonia simbólica en ocasión de la segunda venida de Cristo (ver com. vers. 4).

En el tiempo de Isaías, Asiria era el principal enemigo de Babilonia. En el año 689, por ejemplo, los ejércitos de Senaquerib destruyeron totalmente esa ciudad (t. II, p. 66). Pero entonces el reino medo era una potencia relativamente insignificante. Esta profecía prevé el momento cuando Media desempeñaría un papel importante en la caída de Babilonia. Cuando Babilonia cayó en manos de Ciro en 539, los medos cooperaron con los persas para provocar esa derrota. En la lucha final, Darío de Media desempeñó una parte muy importante (Dan. 5: 31). Isaías también predijo lo que haría Ciro en la lucha contra Babilonia (Isa. 44: 27-28; 45: 1-3). Sin embargo, la ruina final de Babilonia ocurrió siglos más tarde

Jeremías, quien conoció a Babilonia en el apogeo de su poder, también predijo que su destrucción sería como la de Sodoma y Gomorra (ver Gen. 50: 40). Su asolamiento sería absoluto; nunca más sería reconstruida (Gen 51: 64). La Babilonia simbólica sufrirá igual suerte al fin del mundo (Apoc. 18: 21). Mientras vivía Isaías, la ciudad de Babilonia fue completamente destruida por Senaquerib (ver com. vers. 17), pero pronto sería reconstruida por Esarhadón, hijo de Senaquerib. Más tarde, cuando Nabucodonosor llegó a ser rey de Babilonia, la convirtió en una de las ciudades más hermosas de la antigüedad. Los medo-persas no destruyeron esta ciudad cuando la conquistaron en 539 a. C., sino que la hicieron su capital.

Medio siglo más tarde, cuando la ciudad se rebeló, Jerjes la destruyó en parte. Después, nunca fue completamente reconstruida; pasó a ser una capital de Alejandro Magno después que éste la
tomó en 33. Por lo tanto, la profecía de Isaías no se cumplió sino varios siglos después de su muerte.

Cuando Seleuco Nicátor (312-280 a. C.) reinó sobre la parte oriental del imperio de Alejandro (ver com. Dan. 7: 6), Babilonia perdió su importancia. Este rey fundó una nueva capital a orillas del Tigris, a unos 54 km al norte de Babilonia, en donde estaba Opis, y le puso el nombre de Seleucia en honor de sí mismo.

Desde Babilonia, cuya preeminencia quedó así permanentemente destruida, se llevaron a la nueva ciudad los materiales de construcción y parte de los pobladores. Sin embargo, Babilonia siguió teniendo cierta importancia durante unos dos siglos más. En la época de Estrabón, alrededor del año 20 a. C., o poco después, la mayor parte de la ciudad se había transformado en una vasta desolación (Estrabón xvi. 1. 5), aunque todavía tenía habitantes. Durante el reinado de Trajano (98-117 d. C.), Babilonia estaba completamente en ruinas.

Al ser abandonada por los hombres, Babilonia se convirtió en habitación de animales salvajes. En lugar de ser habitada por hombres fuertes y mujeres hermosas, lo sería por fieras. 

Desde que Babilonia fue destruida en la antigüedad (ver com. vers. 19), su lugar no ha sido habitado de nuevo. Visitantes de épocas pasadas dijeron a veces que los beduinos de las proximidades evitaban acercarse a las ruinas movidos por un temor supersticioso que les inspiraba ese lugar. Bien pudo haber 
ocurrido esto, pero los beduinos actuales sólo dicen que las antiguas ruinas no ofrecen las condiciones necesarias para que allí more el hombre. Tal como ha ocurrido durante milenios, ahora no levanta "allí tienda el árabe". 
Sin embargo, si los beduinos se instalaran entre las ruinas de la antigua Babilonia, esto no invalidaría la predicción de Isaías. El profeta no tenía tanto en cuenta los muros inexpugnables de Babilonia y sus majestuosos palacios, como su religión y cultura paganas y su poderío militar. Su impresionante cuadro de una ciudad abandonada y en ruinas declara enfáticamente que el arrogante imperio de aquel tiempo tenía que desaparecer de la tierra. 
Los siglos dan testimonio de la precisión de la profecía de Isaías, pues hoy sólo quedan ruinas de aquella civilización de la antigüedad. 





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2 Pedro 3: 11-13 dice


"Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán! Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia."

Entonces dónde vale la pena invertir?

"No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho destruyen, y donde ladrones entran y hurtan;  sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho destruyen, y donde ladrones no entran ni hurtan,  porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón." Mt 6:19-21

Es hora de reflexionar y poner nuestra vista y nuestro corazón en un lugar que si vale la pena!

"Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria." Colosenses 3:1-4

"Al expresarse así, claramente dieron a entender que andaban en busca de una patria. Si hubieran estado pensando en aquella patria de donde habían emigrado, habrían tenido oportunidad de regresar a ella. Antes bien, anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se avergonzó de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad." Hebreos 11:14 -16

Pongamos nuestra vista y nuestra corazón en las cosas de arriba, las celestiales y sepamos que todo lo que vamos a invertir aquí quedará en la nada. Invirtamos con todo nuestro corazón en la patria celestial, la Ciudad de Dios, la Nueva Jerusalén. EL REINO DE LOS CIELOS

Con Cristo nunca perderemos!

"Al que salga vencedor lo haré columna del templo de mi Dios, y ya no saldrá jamás de allí. Sobre él grabaré el nombre de mi Dios y el nombre de la nueva Jerusalén, ciudad de mi Dios, la que baja del cielo de parte de mi Dios; y también grabaré sobre él mi nombre nuevo." Apoc. 3

Qué hermosa ciudad

"Me llevó en el Espíritu a una montaña grande y elevada, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios. Resplandecía con la gloria de Dios, y su brillo era como el de una piedra preciosa, semejante a una piedra de jaspe transparente. Tenía una muralla grande y alta, y doce puertas custodiadas por doce ángeles, en las que estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. Tres puertas daban al este, tres al norte, tres al sur y tres al oeste. La muralla de la ciudad tenía doce cimientos, en los que estaban los nombres de los doce apóstoles del Cordero. El ángel que hablaba conmigo llevaba una caña de oro para medir la ciudad, sus puertas y su muralla. La ciudad era cuadrada; medía lo mismo de largo que de ancho. El ángel midió la ciudad con la caña, y tenía dos mil doscientos kilómetros: su longitud, su anchura y su altura eran iguales. Midió también la muralla, y tenía sesenta y cinco metros, según las medidas humanas que el ángel empleaba. La muralla estaba hecha de jaspe, y la ciudad era de oro puro, semejante a cristal pulido. Los cimientos de la muralla de la ciudad estaban decorados con toda clase de piedras preciosas: el primero con jaspe, el segundo con zafiro, el tercero con ágata, el cuarto con esmeralda, el quinto con ónice, el sexto con cornalina, el séptimo con crisólito, el octavo con berilo, el noveno con topacio, el décimo con crisoprasa, el undécimo con jacinto y el duodécimo con amatista. Las doce puertas eran doce perlas, y cada puerta estaba hecha de una sola perla. La calle principal de la ciudad era de oro puro, como cristal transparente." Apoc 21:10 -21

Qué gran diferencia con Babilonia!

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Dios nos ayude a escoger bien!

Dios te bendiga!

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